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La Belleza de la Verdad

Una Nota Pastoral sobre la Comunicación de la Verdad y el Amor en la Era Digital

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Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

‘Ustedes serán verdaderos discípulos míos si perseveran en mi palabra; entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. — Juan 8:32

Permanezcan en mi amor”. — Juan 15:9

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,

El mundo de hoy se encuentra inundado de palabras, aun así tenemos sed de la verdad.

Desde publicaciones impresas, televisión y radio, y especialmente desde los medios digitales, vemos y escuchamos un flujo constante de mensajes diluviando día y noche prácticamente en todos los lugares y situaciones de nuestras vidas. Las palabras que vemos u oímos conllevan alguna consecuencia: psicológica, emocional o espiritual. Esa es la forma en que Dios nos ha hecho.

Es una gran pena que en un momento en el que la cantidad de palabras que se expresan está en su punto más alto, las consecuencias de las palabras mal usadas dañan la causa de la verdad y el bien del alma humana. A medida que nuestra sociedad continúa haciendo uso de las noticias y los recursos de las redes sociales, no es raro que las personas se sientan frustradas, confundidas y desanimadas. En ocasiones, incluso luchamos contra la ira, el desconcierto y la desesperación.

La naturaleza descortés de nuestro discurso civil es un fruto podrido de este problema. Las personas frecuentemente se vuelven unas contra las otras con odio, en lugar de simplemente estar en desacuerdo entre sí. Lo que podría ser una conversación constructiva o un debate caritativo a menudo permea en declaraciones como “nosotros” en contra de “ellos”. Se ha arraigado un amargo antagonismo, incluso entre los católicos, a pesar de la verdad de que estamos unidos sacramentalmente como miembros del Cuerpo de Cristo y estamos llamados a mantenernos en la propia caridad de Dios.

En esta nota pastoral, me gustaría ofrecer la sabiduría de la Iglesia sobre lo que significa hablar sobre la verdad y el amor (cf. Efesios 4:15), buscar y recibir la verdad y vivir en una comunión amorosa con quien es “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6) por medio de la comunicación virtuosa. Las palabras importan. Las consecuencias de las palabras – en nuestra vida individual, en la sociedad y en la Iglesia – importan. Las verdades que las palabras expresan y los engaños que las palabras llevan a cabo importan.

La Palabra se Hizo Carne

Dios se nos revela en palabras. Especialmente en y a través de las palabras de las Sagradas Escrituras, Dios se revela a si mismo ante nosotros y nos ayuda a conocer su amor y a amarlo en respuesta. El entendimiento de la Iglesia de la autorrevelación de Dios en las Escrituras nos llega de nuestra Tradición, muy especialmente en los credos que profesamos en la santa misa y en las enseñanzas dogmáticas de nuestros papas y los concilios ecuménicos.

Las palabras de las Escrituras y la Tradición dan testimonio de la Palabra de Dios mismo, el Hijo amado del Padre. El Evangelio de Juan comienza: “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios”. El Prólogo del Evangelio de Juan revela además que la Palabra de Dios se ha convertido en Emanuel, Dios con nosotros: “Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único; en él todo era don amoroso y verdad” (Juan 1:14).

“Y la Palabra se hizo carne”. La Palabra de Dios es hablada. La Palabra se hizo carne precisamente para hacernos saber el amor del Padre a nosotros sus hijos. De una manera similar, las verdades de la fe católica están “encarnadas” en las palabras humanas. Hay diversas maneras en las que hablamos de las palabras reveladoras de Dios. El Salmista describe la Ley del Señor como “son más preciosos que el oro, valen más que montones de oro fino” y “más que la miel es su dulzura, más que las gotas del panal” (Salmos 19:10). Más aún, llama a la palabra del Señor “para mis pasos tu palabra es una lámpara, una luz en mi sendero” (Salmos 119:105).

Después del Discurso del Pan de Vida, cuando muchos se habían apartado de Jesús debido a la dificultad de su enseñanza sobre la Sagrada Eucaristía, Jesús preguntó si los apóstoles también deseaban irse. San Pedro testificó en respuesta: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). San Pablo enseña que cada palabra en las Escrituras “está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado para todo trabajo bueno” (2 Timoteo 3:16-17).

Jesús mismo dijo durante su juicio ante Poncio Pilato que el hablar palabras de verdad era esencial para el propósito de su vida y su ministerio. “Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz” (Juan 18:37). Cristo, quien es la verdad, vino entre nosotros en una misión para ser testigo de la verdad. Nuestro llamado es a pertenecer a él y escuchar su voz.

Discernir mentes y corazones

Desafortunadamente, escuchar la voz de Jesús se ha vuelto cada vez más difícil en medio de una cacofonía de otras voces que claman por nuestra atención en todo momento. Buscar la verdad es más desafiante en un mundo inundado de engaños de todo tipo. Nunca han sido más urgentes las palabras de San Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal, dondequiera lo encuentren” (1 Tesalonicenses 5:21-22).

Especialmente en nuestro uso de los medios digitales, los discípulos de Jesús debemos acercarnos a lo que vemos, oímos y leemos con mentes y corazones que disciernen. Hay innumerables medios de comunicación, incluidos muchos que dicen ser católicos, que amenazan con alejarnos de Cristo y su Iglesia si aceptamos sus mensajes indiscriminadamente.

¿Cuáles son algunas de las señales de advertencia de este uso problemático de los medios y la comunicación? De los muchos que podríamos nombrar, ofreceré cinco que vemos con especial frecuencia en las redes sociales, medios de comunicación, blogs y otros grupos de discusión.

  1. Cualquier propuesta que no esté en armonía con las enseñanzas de Cristo y su Iglesia. Una forma sencilla de probar las afirmaciones de quienes presentan enseñanzas cuestionables es consultar el Catecismo de la Iglesia Católica, que el Papa San Juan Pablo II describió como una “norma segura” para la enseñanza de la fe católica. Las verdades de la fe no están sujetas a revisión. Estas verdades nos acercan a una unión más estrecha con Dios, mientras que la falsedad nos aleja de Él.
  2. Reclamos o acusaciones sin fundamento. En algunos rincones de los medios de comunicación y en conversaciones individuales, hemos visto denuncias de todo tipo, incluso acusaciones extremadamente graves, dirigidas contra personas sin contar con evidencias que las respalden. Toda persona que haga una acusación grave tiene la seria obligación correspondientemente de ofrecer pruebas convincentes de su reclamo. Sin embargo, esta responsabilidad a menudo es ignorada por quienes hacen estas afirmaciones en un esfuerzo por atraer a una audiencia o demonizar a los oponentes ideológicos de uno y por quienes consumen estos medios sin un ojo que es capaz de discernir y ser imparcial.
  3. La manipulación de hechos para engañar o lastimar. Los hechos pueden ser verdaderos en sí mismos y, sin embargo, engañosos cuando se organizan y presentan de cierta manera. En las presentaciones de video, por ejemplo, el uso hábil de la música y las imágenes pueden dirigir la respuesta emocional de los espectadores, haciéndolos más o menos indulgentes de lo que habrían sido si los hechos se hubieran presentado por sí mismos. Presentar información con un lenguaje incendiario o dentro de contextos narrativos prefabricados (por ejemplo: supuestas conspiraciones o patrones de corrupción) también puede tener una tremenda influencia en la forma en que se recibe la información. El video artístico y el contexto narrativo son herramientas periodísticas valiosas cuando se usan apropiadamente, pero cuando se abusa de ellas pueden contribuir a engaños significativos y, frecuentemente, a dañar profundamente la reputación de individuos y grupos. El papa Francisco en su Mensaje por el Día de la Comunicación Mundial del 2018 escribió:

Una argumentación impecable puede apoyarse sobre hechos innegables, pero si se utiliza para herir a otro y desacreditarlo a los ojos de los demás, por más que parezca justa, no contiene en sí la verdad. Por sus frutos podemos distinguir la verdad de los enunciados: si suscitan polémica, fomentan divisiones, infunden resignación; o si, por el contrario, llevan a la reflexión consciente y madura, al diálogo constructivo, a una laboriosidad provechosa.

  1. Ataques Ad hominem (al hombre). Los católicos no son ajenos al debate vigoroso y a la corrección fraterna. Hacer Llegar el Evangelio a menudo requiere que desafiemos otras ideas problemáticas y llamemos a los pecadores al arrepentimiento y a la conversión. Sin embargo, ni la evangelización ni ninguna otra causa requiere o justifica ataques personales gratuitos: insultos, difamaciones, estereotipos, culpa por asociación, suposiciones o conclusiones infundadas. La caridad siempre debe animar nuestras comunicaciones públicas. Existe el “amor duro”, pero no puede haber crueldad en la verdadera caridad cristiana. Permanecer en la palabra de Cristo, permanecer en la verdad y permanecer en su amor están íntimamente unidos. Debemos permanecer con Cristo nosotros mismos y buscar aquellas comunicaciones que sean a la vez completamente verdaderas y caritativas.
  2. Espíritu de división. El Espíritu Santo de Dios une. Satanás divide. La Palabra Verdadera de Cristo expondrá en ocasiones divisiones que ya existen dentro del corazón humano y entre las personas (cf. Mateo 10:34-36), pero la división en si es el fruto podrido del pecado y el trabajo del Maligno. El celo por una buena causa no requiere ni justifica sembrar intencionalmente semillas de división, especialmente división desde y dentro del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Es útil recordar que la fuerza y la gentileza no son opuestas. El mismo Cristo fue fuerte y gentil al proclamar el Reino de Dios y la necesidad de que la gente se arrepintiera y creyera en el Evangelio (Marcos 1:15). San John Henry Newman alguna vez describió la evangelización de San Felipe Neri en la Roma del siglo dieciséis en términos que nos ayudan a entender la comunicación virtuosa el día de hoy. Comparó la evangelización de San Felipe con la dura reforma que fue intentada un siglo antes en Florencia por el dominico Girolamo Savonarola:

No es por el entusiasmo de la multitud, ni por la violencia política, ni por la declamación poderosa, ni por las críticas a las autoridades, que se echan los cimientos de las obras religiosas. No es por una popularidad repentina, o por fuertes resoluciones y demostraciones, o por incidentes románticos, o por éxitos inmediatos, que comienzan los esfuerzos que van a durar. No digo que ser despertado aunque sea por un momento del sueño del pecado, arrepentirse y ser absuelto, aunque le siga una recaída, sea una pequeña ganancia; o que los brillantes, pero breves, triunfos de Savonarola deben despreciarse. Lo hizo bien en su día, aunque su día fue corto. Aun así, después de todo, su historia recuerda ese pasaje de la historia sagrada, donde el Todopoderoso mostró Su presencia a Elías en el Monte Horeb. “El Señor no estaba en el viento”, ni “en el terremoto”, ni “en el fuego”; sino que después del fuego vino “el murmullo de una suave brisa”.

La belleza de la Verdad

Cada una de estas “señales de advertencia” nos dirigen hacia el mismo hecho básico: La internet no es solo un revoltijo de cables y tubos. Es una red de personas – seres reales, no virtuales – que buscan esperanza y anhelan salvación y quienes deberían poder, incluso en el espacio digital, encontrar a Cristo y experimentar la belleza de la verdad.

Si pensamos de la internet de esta manera, podemos aprovechar con éxito su poder en nuestros esfuerzos por hacer llegar el Evangelio. El papa Benedicto XVI señaló nuestra responsabilidad de evangelizar “el continente digital” y anunciar el Evangelio con entusiasmo a nuestros contemporáneos. Así como San Pablo utilizó el altamente desarrollado sistema de carreteras romano y San Maximiliano Kolbe utilizó las últimas tecnologías de impresión para difundir el Evangelio en su época, también nosotros reconocemos los avances en las redes sociales y la tecnología de la información como oportunidades dadas por Dios para difundir el Evangelio en nuestro tiempo.

Por la naturaleza de nuestro bautismo, cada miembro de la Iglesia es un embajador de Cristo, y nuestra conducta, tanto en línea como fuera de ella, a menudo ayuda a otros a formar sus puntos de vista sobre la fe católica. Cuando las personas se comuniquen con nosotros, permítales ver no solo un buen contenido, sino también un tono respetuoso, caritativo, alegre, pacífico y esperanzador. “No salga de sus bocas ni una palabra mala, sino la palabra que hacía falta y que deja algo a los oyentes” (Efesios 4:29). Nuestro objetivo no es ganar discusiones, sino ganar almas.

En todo momento, la realidad más profunda de la vida cristiana es la comunión con Dios y con los demás. Las palabras “comunión” y “comunicación” tienen la misma raíz: ambas se refieren a los lazos que nos unen como personas y como miembros del Cuerpo de Cristo y ambas requieren un compromiso profundo y permanente con la verdad y el amor.

Como era de esperar, la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica en los medios de comunicación social es parte de su enseñanza más amplia sobre el Octavo Mandamiento, “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (párrafos 2464-2513). El Catecismo enseña: “Este precepto moral deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere la verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza” (párrafo 2464).

Nosotros que estamos llamados a la fidelidad de la Nueva Alianza en Cristo Jesús, debemos vivir como la “sal de la tierra” y la “luz del mundo” (Mateo 5: 13-14). Así como la luz de Cristo “brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (Juan 1: 5), así la luz de Cristo que brilla en nosotros y a través de nosotros puede disipar las tinieblas de las mentiras, los engaños, el odio y la división. Nuestra misión de hacer llegar el Evangelio requiere que confrontemos y rechacemos aquellos elementos de nuestra cultura que amenazan con alejar a las personas de Cristo y de su Iglesia.

Al permanecer en la palabra de Cristo de verdad y amor, no solo permaneceremos en comunión con él nosotros mismos; también dirigiremos a otros hacia Jesús, que vino precisamente para salvarnos de los que amenazan con robarnos la vida y la alegría que hay en él: “El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud” (Juan 10:10).

Sinceramente suyo en Cristo,

El Reverendísimo Allen H. Vigneron
Arzobispo de Detroit