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Cada día es una oportunidad para crecer en nuestra relación con Dios, pero la Cuaresma en particular nos da un tiempo designado para reflexionar más profundamente y con menos distracciones sobre nuestra relación con él. Como muchos sabemos, la Cuaresma es un tiempo que nos invita a madurar en esa relación con el Dios que nos creó a través de la oración, el ayuno y la limosna. Es un período designado en el calendario litúrgico que nos invita a la metanoia para volver a Dios nuevamente, arrepintiéndonos de todos nuestros males y transformando nuestros corazones y mentes para asemejarnos más cada día a Dios.

Podemos sentir la tentación de ver esto como una parte más predecible de la rutina dentro del calendario litúrgico católico, pero no podemos dejarnos engañar por esa mentira que nos impide prestar verdaderamente atención a nuestro llamado a ser santos. El arrepentimiento y la conversión continua son necesarios para crecer en santidad. Sabemos que no somos perfectos y por eso tenemos que tratar de estar unidos cada día con aquel que es la perfección misma, con el Dios supremo. A pesar de que vivimos tiempos difíciles llenos de incertidumbre sobre la pandemia, podemos estar seguros de una cosa: Dios nos espera con los brazos abiertos para vivir una Cuaresma como ninguna otra. Es una oportunidad que no podemos dejar pasar desapercibida.

Dios nos vuelve a llamar este año a dar lo mejor de nosotros en esta Cuaresma. Él nos llama a vivir en santidad recordando los eventos de hace más de 2000 años, cuando la historia de la humanidad cambió al ver al Dios invisible tomar forma humana y hacer el acto de amor más extraordinario de todos los tiempos al depositar su vida en el madero por la salvación de sus amados hijos. Hoy más que nunca debemos ser conscientes de este gran amor que Dios tiene por cada uno de nosotros viviendo, una vez más, una Santa Cuaresma. Las cosas pueden verse un poco diferentes en nuestras parroquias y nuestras familias este año debido a todo lo que hemos pasado en el último año, pero debemos recordar que Dios camina a nuestro lado.

Abramos nuestro corazón como nunca antes lo hemos hecho y dejemos que Dios nos acompañe en estos 40 días tal como lo hizo con los israelitas en tiempos pasados. Dejemos que Dios toque las heridas más profundas de nuestro ser, abramos las puertas de nuestro corazón para que los rayos de luz entren íntimamente y nos transformen en lo que Dios ha soñado para cada uno de nosotros, la mejor versión de nosotros mismos, en aquellas personas en las que nosotros mismos no sabíamos que podíamos convertirnos. Dejemos que Dios nos parta como barro en las manos del alfarero para que nos haga como vasos nuevos. Él, y solo él, hará posible que vivamos esta Cuaresma como ninguna otra, o como nos dicen las Escrituras: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. (Apocalipsis 21: 5)

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